Unas palabras previas

Estoy sentado sobre las cansadas y grises hojas del otoño. Veo al niño y a su tigre correr entre los árboles. El tigre salta y enseña sus dientes. La sonrisa del niño mientras le destroza el estomago es inigualable. Un millón de pensamientos invaden mi cabeza y no se si son del niño o míos. Y no se si soy el niño o yo. Pero nunca seré el tigre.

20070327

iv: Hay en una esquina, debajo de un árbol enorme, dentro de una casa gris y vieja, una chica que llora el mar. Hace mucho que no llora, y por eso el mar se va y desaparece, y por eso África se seca, y por eso las vacas se mueren como asadas en los campos de los viejos. Abajo del árbol esta la casa. Sobre el árbol, el sol.

No hay una sola nube que le recuerde lo que es llorar. Y no es que ella no quiera, no es que no tenga porque. Sino que las nubes la dejaron sola y ya no sabe que hacer.

***

Hace dos semanas estaba tirada en el hospital, sangrando por los ojos. Con tubos dentro de su estomago, de su boca, allá abajo. Los sentía, y se quería soltar, pero no había caso. Todo lo que conseguía era revolcarse espasticamente como una babosa dos minutos después del limón, la sal, o cualquier cosa que el nene de jardín hubiera escuchado que la hacia hacerse un asco de baba y muerte. Eso era. Un asco de baba y muerte. Baba en la boca, y sobre el pecho, sobre el camisón a puntitos rosas. Muerte en la venas. Sentía la muerte corriéndole por el cuerpo, sacándole los últimos respiros de vida como de a partes, lo primero en irse fueron los dedos de los pies.

Hacia frío ese día, y tenia los pies helados. Como sumergidos en hielo sólido que no existía. Pensó que quizás, si los movía. Si al menos mandaba la orden –hagan algo- si al menos intentaba, quizás la sola esperanza… Quizás la sola necesidad de hacer algo le daría el calor para hacerlo. Medio dormida, toda drogada, en las nubes de su semisueño se le filtraban los recuerdos más estúpidos. Invisibles memorias sin sentido. Veía las veces que había escuchado a gente sin caras y con voces como laminas de papel gris contarle sobre los jugadores de algún deporte perdidos en alguna montaña, comiéndose a alguna gente. Se acordaba del sinfín de personas inexistentes que habían sobrevivido a lo peor solo con su determinación. El tipo que había aguantado una semana debajo de un edificio derrumbado tomándose su propio meo. De forest gump curándose de la debilidad de piernas a fuerza de querer correr. De ella, en la facultad de arquitectura, pasando finales solo por puro empeño.
Con al cabeza llena de mentiras multicolores pensaba que si quizás lo deseaba lo suficientemente fuerte, quizás si rezaba de su propia y atea manera, los pies iban a volver, no ya a moverse articuladamente, pero por lo menos a retorcerse como grotescos gusanos. Eso era todo lo que les pedía. Y eso era todo lo que le daba el resto de su cuerpo. Sus brazos, como largas lianas carnosas e inútiles, bailaban con el viento invisible de su pura conciencia.
A veces, pocas, muy pocas, trataba de hablar. Siempre sola, nunca con alguien en el cuarto. Cuando había alguien expresaba todo por la mirada, y las enfermeras la felicitaban y le decían que tenía ojos de niña. Tenía ojos de vida y tenía ojos de paz. Tenía ojos de salir de ahí en cualquier momento. Pero cuando se iban trataba de hablar. Trataba de volver a ser una persona. O algo más como una persona que como un perro anestesiado. Y entonces la mandíbula se le caía y volver a cerrarla era una lucha imposible. Y muy lenta, como un cuarteto de cuerdas apenas insinuando la melodía central, veía con los labios la baba que los adornaba, que se escapaba del cerco de su boca y corría desenfrenada por la pera, a veces cayendo sobre el camisón. Otras siguiendo por el final de su cara hasta el cuello. Y lloraba. Siempre que trataba de hablar solo gritaban sus ojos. Y no por la baba, y no por la mandíbula dislocada. Sino por el montón de cosas que tenia que decir. Que tenía que contarle a alguien, a quien fuera. Aunque fueran las sucias y viejas paredes. Por el montón de cosas que tenia que soltar, que dejar ir, y que ahí afuera era un leve mugido de ternero en matadero, de pedir permiso para pasar a la horca.
Hacia frío ese día. Y llovía. Y con ese montón de memorias en la cabeza y ese montón de palabras en la garganta, trato de mover los dedos.
Y desapareció el frío. Como huyendo de un fuego todo lo que tenia en los pies se fue. Y pensó que eso era perfecto, que era el suspiro de calor que traía cada movimiento, por más mínimo que fuera. Pero, muy de a pedazos, despacito, se fue dando cuenta que no era el calor del movimiento lo que tenia en los pies. No era calor el que había echado al frío. El frío solo se había ido, pero no le había dejado el lugar a nada más. Porque ahora sus dedos eran nada. Ya no estaban ahí. Ella no tenía dedos. Ahora al fondo de la cama, escondidos por las sabanas impecables, solo se apretaban restos vacíos de carne blanca.
Eran como ratas invisibles a la piel, que se le aceleraban desde la nada. Como bacterias comecarne venidas del planeta neutrio 27 que se le abalanzaban sobre el cuerpo. Zombis de afuera del espacio, seres creados por dios, sin alma que se vivían de las fantasías de los hombres, a quienes apresaban y torturaban día y noche. Encerrados en calabozos de hielo, ajuntados con grilletes invisibles, les abrían las cabezas y hacían festines con sus más depravados sueños. Y ahora le tocaba a ella.

***

Las voces vienen como de muy lejos, tapadas por años de polvo sucio.
-¿Esta sufriendo mucho?-
-En absoluto, es mas, en estos momentos el dolor esta residiendo. –
Es casi gracioso. Aunque en realidad es triste. Hay alguien diciendo que hace dos semanas era un milagro que su cuerpo aguantara lo que le estaba sucediendo, pero parece que piensan que ahora no le pasa nada. Que ahora esta bien. Que ya no hay nada que le pueda doler. Y puede que tengan razón. Prácticamente no le duele el cuerpo. No es el cuerpo lo que le duele. No es dolor lo que siente.
Porque ya no puede decir que halla un cuerpo para que le duela. Ya no sabe si su estomago siegue ahí, si sus brazos son los mismos, ya no sabe si su cara estará ahí para saludarla si le dan un espejo. Ella no está sobre esa fría cama blanca como la nieve.

Ella esta ahora en un pozo, mirando hacia arriba, hacia el negro infinito del dejarse ir. Si se mueve y mira para abajo ve el techo, el lejano y ya olvidado techo del hospital. Ese techo que fue su única compañía por tanto tiempo. No puede moverse porque sabe que todo alrededor suyo la rodean paredes impenetrables de negra agua helada. No sabe porque lo sabe, si nunca se a movido, y tampoco entiende como el agua puede ser negra, y sin embargo retener esa capacidad de infinidad proyectada en una pantalla. Ella es un ovillo de lana de persona. Una idea envuelta en una conciencia envuelta en un deseo de no dejar de ser. Sin embargo cada día sube un paso. Cada segundo esta mas lejos de ese techo, que ahora parece un suelo inútil, que no sostiene nada. Cada minuto esta más cerca de esa negrura infinita que la espera con sonrisa de nueva amiga que tiene hambre. Esta abandonada. Sola. Exiliada dentro de su propio cuerpo, es un alma viviendo en un cuerpo muerto que ya no la puede retener más.

Lourdes abre los ojos y se siente como un hada debajo del agua. Siente esa libertad de magia boscosa. Mira hacia arriba, y ve una casa, y una esquina y un árbol. Ve un hombre de pelo oscuro como las brazas que la llama. Y corre, o vuela hacia arriba.

Fuera: El cuerpo de Lourdes se sacude con un espantoso y violento espasmo, su pecho se levanta, su espalda se curva. Grita como Juana nunca la a escuchado gritar. Las maquinas de repente cambian de color, es todo nuevo, el tiii tiii tiii es un solo tiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii, largo e interminable. En menos de lo que espera, los doctores entran por la puerta y un par de enfermeras la llevan al pasillo. La dejan sola con su miedo mientras escapan tras la cama de Lourdes, que se funde con las lágrimas de Juana en un solo mar de tristeza y soledad.

Adiós, le dice Juana, y se deja caer en la silla.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hola paul.. un space muy raro..
muy tuyo
suertee