Unas palabras previas

Estoy sentado sobre las cansadas y grises hojas del otoño. Veo al niño y a su tigre correr entre los árboles. El tigre salta y enseña sus dientes. La sonrisa del niño mientras le destroza el estomago es inigualable. Un millón de pensamientos invaden mi cabeza y no se si son del niño o míos. Y no se si soy el niño o yo. Pero nunca seré el tigre.

20080629

En Ingles.

I lie alone in a pool of muck.
Tears raining down through my cheeks, monsoon over the little lake I feel like inhabiting in this particular evening.
The tears breathe life into the colorless chimps and toads and frogs and other petty animals swimming around my formless body.
I am the pool of muck, at the very least I feel like it. I know my hair is different, although I can’t find it. I know my hands to be wandering around, pacing their way through insensible formula, searching for what has to be my hair.
From afar, into the distance I can see Mr. Haydn coming, marching on his unbashedly cheerful strings. He named himself London and didn’t live up to it. I’m disappointed.
Why is it that my name doesn’t recall me? Say it as much as you like, you won’t find me there. I am but a question, an untraceable conundrum of decisions that don’t add up to my name. Nothing in it resembles me, and that places me on a crossroads. I decided to take the easy way, the clichéd, self-pitying, sad way.
I renounced my name, so he left me, taking more than I imagined, I lost more than I had. We had a spiteful quarrel, offended, he parted, leaving me lying here.

I’m sorry, but I’m lost. My hands, please tell me where my hands are. Ahh, here it come, the promised taciturn politeness, the hinted cheerfulness, buried under protocol; the "London" in Mr. Haydn. I need my nails.

Deep into my gut travels insomnia, his highway, my veins burnt down to the ground, inevitable ashes under it’s foot. Goodbye Mrs. sunshine, nice to know you. It begs the question, doesn’t it? What exactly has brought me here? For as much as I ponder it, I can’t see how my scorned name leaving evolved into these.

These invisible hands searching for my new hair in this pool of muck.

I wish I could sum these up. Surprise myself with a swift, clean cut; closure, reason. But for once (or was it really like this all along) there’s nothing to say, no answer, no initial question to be answered.

Maybe if I just get up and walk away, maybe if I gather the strength to do something about it, it’ll be enough. Sometimes, the only way of answering a question is to answer it.

Maybe if I get up and walk away, maybe if I just know my hands and find my hair, I’ll know my hands and find my hair.

Dried blood in my nose. Just move one leg,

20080608

The Tiger - William Blake (como se reimprime en The Oxford book of English Verse, publicado en Oxford: Clarendon, 1919) - II de II

TIGER, tiger, burning bright
In the forests of the night,
What immortal hand or eye
Could frame thy fearful symmetry?

In what distant deeps or skies
Burnt the fire of thine eyes?
On what wings dare he aspire?
What the hand dare seize the fire?

And what shoulder and what art
Could twist the sinews of thy heart?
And when thy heart began to beat,
What dread hand and what dread feet?

What the hammer? what the chain?
In what furnace was thy brain?
What the anvil? What dread grasp
Dare its deadly terrors clasp?

When the stars threw down their spears,
And water'd heaven with their tears,
Did He smile His work to see?
Did He who made the lamb make thee?

Tiger, tiger, burning bright
In the forests of the night,
What immortal hand or eye
Dare frame thy fearful symmetry?

De como un montón de monedas y una media llevan a William Blake y la imagen del majestuoso Tigre- I de II



Aceptemos que con 53 monedas de 25 centavos no hacemos nada.

No quiero hacer la cuenta, pero estimando diría que son ¿cuanto? ¿13 pesos? Bueno digamos que si.

¡PERO!: Ahora, si agarramos las 53 monedas de 25 centavos y las metemos en una media, tenemos un arma. Oh si, ahora podemos salir a buscar malhechores con nuestra media de 13 pesos violentos. ¿No te imaginas? Así, caminando por calles inundadas de luz de neón solar, buscando al pelotudito este del cumpleaños; un pendejo hiperactivo con tendencia a decir mogoliqueadas y hacerse el poronga con: a) tu amiga que es a la vez b) la novia de tu amigo.

Entonces salís con tu media y lo ves, ahí carpetando, carpeteando por las dudas. Pero no, eso es la letra de una cumbia. Él está ahí parado con pelito de paja y buzo violeta, con pose de esperanza de actividad y con actitud de peniano recibido. Te agachas y te convertís es un tigre kafkiano, un tigre al que le prohíben las rayas (evento que, si tenemos suerte, relataremos con más detalle en el futuro). Tenés ahora largos y finos bigotes sabios, tenés ese dócil, majestuoso pelaje naranja y negro ilegal. Tus músculos son la fuerza viva de Dios integrándose (la verdadera encarnación no es la de Jesús, es la del tigre, ¿si en el tigre no está Dios, en donde está?) al mundo, calmos y llenos de muerte los músculos de tus inmensas patas hermosas de tigre se lanzan por florida. La vereda, con ese color y diagrama tan particular que tiene florida esa altura es tu sabana de facto. No hay nadie en florida, solo vos, tigre kafkiano hermoso, y tu presa idiota. Debemos remarcar, sin embargo, que tus tigros sentidos te permiten percibir la presencia de una extraña pareja que se para mirando una vidriera, llevan en los ojos anchas vendas rojas que les impiden la vista y la mujer le señala al hombre la belleza de las camperas de cuero; su hombre siente tener que diferir. Están allí por pura necesidad intertextual y por eso en un segundo desaparecen y dejan olor y gusto a danza en el aire.

Entonces vos, su divina tigrinidad, continuás avanzando por florida. Tu imbécil presa mira para todos lados y no te ve. Y no es que esté ciego, sino que su idiotez le impide ver nada más allá de sus patéticos deseos de tirar dardos vacuos por ahí. Tu nombre de tigre es sagrado y secreto, y entonces, sin nombre te aseguras de que aunque se decidiera a dejar de ser tan patético, no te podría ver. Que no se conozca tu nombre te hace invisible. Avanzas calmo y lleno de tensión, bañado de furia de caza y llegás a su lado. Necesitas que te vea, bah, no lo necesitas, pero sentís que no le podes poner una hermosa garra encima si no le avisas primero que estás ahí. Entonces rugís tu literario grito, cantan tus cuerdas una versión tigriana de la consagración de la primavera. El imbécil (el idiota es algo, un libro creo, pero no me acuerdo) trepida, se da cuenta de si mismo, sale de su cuerpo y puede ver sus límites, se entiende en su inevitable estupidez, y entonces te ve. Y se inicia la persecución.

Sería fútil, hollywoodense, e irresponsable de mi parte (irresponsable por el hecho de que no poseo las cualidades para narrar de forma interesante esto que pasa ahora, y no tengo porque someterlos a una demostración de wanna-be-literatura conscientemente mala (todo el resto es inconsciente mala, y por eso no se me puede echar en cara)) intentar la consecuente persecución, la delirante, suicida, destructiva carrera que sigue. Solo digamos que hay varios planos generales de florida, que permiten ver la vana corrida de tu enemigo. Hay también algunos bellos primeros planos de tu tigriana cara, con la sombra de un helecho proyectada sobre (esta oración está extrañamente mal). Ese helecho no esta en ningún lado en florida, pero lo ponemos por amor al cliché. Saltemos a la conclusión, que es, justamente un salto volcánico de tu naranja cuerpo embadurnado de gracia sobre la masa triste que es tu presa. Un zarpaso, una dentellada. Tu cuerpo tigriano sobre sus restos, tu hocico precioso ensangrentado y feliz.

Y dejás de ser tigre. Sos devuelta vos y en tu mano tenés una media con 53 monedas de 25 centavos bañada en sangre y órganos vitales del imbécil.

Y así descubrimos que con 53 monedas de 25 centavos hacemos bastante más de lo que creíamos. Incluso llegamos a ser el precioso tigre.