
La industria del espectáculo como lombrices regurgitadas.
Por Pablo Lakatos
Generalmente, cuando queremos parecer inteligentes, cuando queremos deslumbrar a profesores y compañeros por igual, nos valemos de comparaciones. Esta bien, nos hace parecer cultos, y nos pone delante de los ojos (tanto a los que leen como al que escribe) los finos hilos invisibles que atan el universo junto; esos que hacen que todo se mantenga en su lugar; que el universo no se despedace. Es difícil, hay que nublar la vista y mirar a través de la luz para ver las finas telarañas de relaciones que hacen que podamos hablar de unidad. Además es muy satisfactorio poder contar con esa visión global que nos hace ver el “Big Picture”.
Son muchas las veces en que esas comparaciones son satisfactorias, que nos hacen esbozar una sonrisa y deleitarnos por el tiempo que dure la lectura. Sin embargo hay pocos casos como el de High School Musical (desde ahora HSM), en el que la comparación es tan perfecta, tan justa, tan natural que nos hace olvidar que la igualación no es natural.
Pero para hablar de la comparación, debemos saber algo de HSM.
HSM es una comedia musical en formato de película para televisión dirigida por Kenny Ortega para Disney Channel USA. Se centra en el capitán del equipo de básquetbol de la East High de Albuquerque, y como descubre, a través de la música, el amor, la victoria y la felicidad.
El argumento es trilladísimo: “Chico (Troy) conoce chica (Gabriella) / chico se enamora de chica / chico se comporta como un idiota y aleja a chica / chico se disculpa con chica / todo sale bien para ambos”; en este caso condimentado con genialmente inverosímiles canciones; la relación “chica nerd - chico cool”; y adultos con personalidades desmedidamente estereotipadas. Tenemos la maestra estricta que idealiza su materia mientras reparte discursos con palabras demasiado largas para este tipo de película; el coach obsesivo que solo piensa en ganar y atropella los sentimientos de su hijo, hasta que se da cuenta del amor que apremia el corazón de su vástago y lo apoya con un discurso totalmente contradictorio a cualquier actitud que haya demostrado en toda la cinta. Un deleite para los ojos de cualquier crítico (en el sentido más negativo de la palabra) desatado.
¿Qué plantea la historia? Un joven basquetbolista descubre un mundo nuevo y fascinante en el canto, y se ve impulsado a investigarlo por la chica nueva de la escuela: una cerebrito que sufre de miedo escénico. Ambos pertenecen a mundos distintos, representados en sus otras actividades.
El basquetbolista tiene que ganar el partido definitivo del campeonato la misma semana, y la chica es invitada a participar en el decatlón académico. Sin embargo ambos se encuentran en el canto; un mundo nuevo en el que pueden ser ellos mismos sin que nadie los juzgue. Hay un suspiro del deseo del eterno retorno que planteaba Dolina; Gabriella dice que se siente como en el Kinder, donde nadie tenía que ser nada más que lo que era.
Sin embargo sus nuevas metas no vienen sin adversidades. Desde el vamos Troy tiene miedo de lo que piensen sus amigos de él ahora que quiere cantar, y una vez que el secreto se descubre la escuela estalla en rebelión. Su honestidad impulsa a todo el mundo a revelar sus gustos secretos. Sus amigos basquetbolistas están horrorizados; Chad, el mejor amigo de Troy lo plantea de forma perfecta en dos líneas: “De repente la gente piensa que puede hacer otras cosas. Cosas que no son sus cosas” El skater quiere tocar el cello, la nerd bailar hip hop, el basquetbolista quiere cocinar. Un eco griego. La trama toma dimensiones mitológicas: El personaje principal comete una jibris (extralimitación); rompe los límites de lo que esta pautado para SU clase, y se altera el orden. Ese orden debe ser restablecido; aquí sus compañeros actúan de Moira (la triple diosa que controla el destino y el orden del universo, el Hecate Shakespeareano), y castigan a Troy con tal de restablecer el orden de la secundaria.
Aquí es donde el aspecto “moralizante” de la película aparece. Desde el facilismo estadounidense Ortega defiende la pluralidad. Finalmente, los nerds y los basquetbolistas ven que el mundo de la música no es tan terrible y apoyan a Gabriella y a Troy. Todo rosa y dulce: Seguí tu corazón, está bien probar cosas nuevas, está bien que te gusten otras cosas.
Sin embargo, vemos como la película, desde su amabilidad programada escupe sus mentiras y su ignorancia. El mundo “nuevo” es la comedia musical, un universo para nada “nuevo” (con mis escasos 18 años puedo asegurar que el género ya existía para los años 50). Lo que HSM plantea como “raro” no podría ser más convencional. Canciones pop hechas con el libro “Manual de la canción pop exitosa” en la mano: Estribillos pegadizos, versos positivos, métricas amigables, música en su sentido más edulcorado. El tipo de música que gobierna (o gobernaba antes de que el hip hop arrasara con todo) MTV, baluarte del igualitarismo, del redondeo para abajo, del “mínimo común múltiplo”, de la muerte a la diversidad, señal pontífice de lo que esta “in”.
Entonces que nos queda, una película que defiende la falsa diversidad. El buscar nuevos horizontes limitado. La libertad, mientras se desarrolle en el corral en el que nos pretenden encerrar. Es verdad que el planteo teórico – la ruptura de límites, el desdeñar el “que dirán”, la valentía para perseguir lo que se desea – es positivo; el problema recae en que HSM celebra la mediocridad e invita a permanecer en esa mediocridad.
La película cae y se condena por su propio peso. En la escena de las audiciones para papeles principales de la comedia musical se presentan dos chicos que hacen una lectura novedosa del tema a interpretar. Lo pasan a través del cristal de la danza interpretativa. Estos dos personajes son pensados con finalidad jocosa, y maravillosamente la película misma nos entrega su cabeza en bandeja de plata. Una hora y cuarenta minutos de defensa de la diversidad para que en los escasos 20 segundos en los que muestran la VERDADERA diversidad se rían de ella y la condenen como rara y cuestionable.
Seria cómico si no fuera infinitamente triste.
Y ahora que sabemos esto si podemos revelar esta comparación tan perfecta de la que hablé en la pequeña introducción y el título.
¿Qué es lo tan similar entre como comen los pájaros bebés y HSM? Honestamente, es verdad que la comparación parece forzada, pero los pido que sigan mis pasos.
Empecemos por los pájaros bebés. Todos sabemos que apenas nacen, los pajaritos no puede volar, menos aun cazar; ni siquiera pueden mastican y digerir los gusanos que la madre les trae. Por eso es que la madre pájaro, después de cazar los gusanos y una vez de regreso en el nido, prepara la comida de sus crías. Mastica los gusanos, los descompone y digiere hasta el punto que quedan transformados en un bolo alimenticio deforme y blando que regurgita en la boca de sus bebés. Estos lo tragan automáticamente, pasa como si fuera agua, no se paran a pensar que comen, no saben que es esa materia gris que están ingiriendo. Ya no son más esos dos o tres gusanos. Es una mezcla sin nombre ni forma. Un bolo regurgitado.
Ahora pensemos en HSM. La simpleza de su historia. La facilidad de sus canciones, la forma tan descarada en que se lanza hacia su público.
HSM no tiene CANCIONES. Tiene fracciones, tiene pedazos, tiene secciones ya listas para la escuchada directa. Que estimulen directamente el lóbulo del placer del cerebro, no nos paremos a pensar como son. No es una canción, es todo lo básico, todo lo nutritivo –aclaremos: nutritivo en sentido de hacer valer la comparación, en realidad se trata de todo los ANTI-nutritivo- de una canción sintetizado.
Igual consideración podemos hacer con la trama de HSM. Una condensación de trama, que retiene cualquier tipo de elemento que facilite el hedonismo del televidente, el placer inmediato, si ninguna aspiración a la permanencia; divertirse, ya y fácil. Una trama sintetizada hasta sus elementos más básicos y necesarios.
Ahora unámoslos. Semi-canciones listas para el hit instantáneo. Una historia que no plantea ningún tipo de novedad, la celebración de la formula reconstruida.
Y es evidente, ¿no? HSM no es una película. Es un bolo alimenticio. Música e historia masticadas y digeridas por la madre pájaro-disney channel y listo para que los pajaritos-televidentes lo traguen sin ningún tipo de complicación, que no hagan ningún esfuerzo, que ni siquiera se gasten en ver QUE es lo que están viendo, QUE es lo que están escuchando.
Horas después de vista la película, cuando estemos haciendo una actividad automática, como esperar, caminar, o manejar, los va a sorprender el hecho que de la nada van a estar cantando alguna canción de la película. Si les pasa, háganme el favor de limpiarse los restos de lombriz de la boca cuando terminen.