Camino por calles vacías salvo por los zumbidos de autos, motos, colectivos que llegan desde avenidas a cuadras de distancia. Voy pisando charcos, empapando casi viciosamente las suelas de mis zapatos; ahogándolas, torturándolas. Parece como en esas películas, que le hunden la cabeza al espía en agua y lo amenazan con ahogarlo para que confiese lo que sabe.
Si quisiera que mis zapatos confesaran, lo haría de otro modo. Además, no se si aguantaría todo lo que tienen para decir. ¿Cuanto saben un par de zapatos que han visto más tierra que nadie?
Con las manos en los bolsillos, la humedad y el frío sobre la piel, se me hace difícil no perderme en un cliché mental insípido. Cuantos momentos esenciales en las historias; cuantos disparadores nacen en callejones abandonados de la ciudad del mundo. Porque puede ser buenos aires, new york o johanessburgo; pero en ese preciso instante en que damos la vuelta equivocada, en que nos alejamos de nuestro tan
querido y resaltado camino y entramos en el territorio de la ficción, todas las ciudades son una. Es La Ciudad. Una masa de aglomeración urbana que apelotona los más dispares estilos arquitectónicos. Que, sensual, destila su deseo a través de la tierra, y como caballos en un rodeo (o cualquiera sea la imagen que estoy buscando y me elude) nos atrapa con el lazo que son sus promesas, y nos arrastra, inevitablemente, a su útero.
El seno de buenos aires es negro y gris, manchado con la sangre fresca que sus hijos dejan caer por ella. Pero no es sangre de cuerpo, no es sangre física. Es la sangre que derraman los otros sacrificios que la ciudad demanda: nos pide tiempo, el tiempo que gastamos haciendo trámites, esperando colectivos, en las estaciones de trenes. Nos pide dedicación, el esfuerzo que ponemos en nuestros trabajos, en nuestros estudios, metidos en oficinas y salas, o incluso en las plazas y calles, nos sostiene la ciudad y ella recibe la energía que se escapa de nuestros cuerpos. Nos pide amor, el amor que tenemos por aquellos que son nuestros, aquellos que dejamos envolver por la burbuja que es nuestra vida. Y nos pide nuestras traiciones; las veces que dejamos de lados a nuestros amores por el trabajo o el placer, las veces que sacrificamos el trabajo para pasar algún escueto, mínimo momento con ellos (ese momento tan asesino;
La ciudad nos da hogar, nos da comida y trabajo. Pero lo que más nos ofrece la ciudad son oportunidades. La ciudad alberga todas las chancees del universo, nos da la materia prima que es nuestra vida para que la moldeemos a nuestro deseo. Sin embargo su amor no es gratuito. La Ciudad, al igual que todo, cobra su esfuerzo. Y, vampírica, nos drena la sangre, la energía que fluye por nuestro cuerpo. En cada gesto que hacemos, utilizamos nuestra fuerza, y en cada gesto que hacemos por la ciudad escupimos lenta y venenosamente nuestra energía, así, alimentando a la ciudad, permitiéndole crecer, potenciarse, crear más oportunidades.
Vivimos en ella para que crezca y le entregamos nuestra vida para que nos pueda ofrecer algo que hacer con ella. En el final es una relación simbiótica interminable. Y sin embargo, salimos perdiendo. Porque la ciudad, viciosa, omnisciente, benefactora, nos observa desde toda su piel, no solo de sus espejados ojos, nos ve crecer, ya nuevas generaciones, enteramente sus hijas. Nos ve crecer buscando desesperadamente un camino. Nos ve tropezarnos como ciegos, chocar contra todo lo que nos rechaza. La ciudad nos ve fallar, y, sin reírse, lo disfruta plenamente. Cada fracaso nos impulsa en una espiral de depresión en la que nuestro ser exhuma su decepción violenta y catárticamente. Derrotados y en el suelo, explota nuestro interior en lágrimas saladas de decepción. Gritamos y sufrimos sobre su suelo, y las lágrimas inevitablemente llegan a su piel, arden contra su tipia epidermis, y se evaporan, dejando para que la ciudad reclame todo ese dolor materializado y se alimente de él.
La ciudad nos da una vida, pero no nos previene contra ella. No nos deja elegir que vida, ni nos dice como vivirla. Y nosotros, ciegos a sus maquinaciones, nos lanzamos a ella, le damos todo lo que tenemos. Bendecimos, anotamos, recordamos cada baldosa que pisamos la tarde que la conocimos, la tarde que vimos un suspiro de dios materializado en mujer. Conocemos cada hoja del árbol bajo el que la besamos aquella
O no, quizás odiamos sus asquerosas avenidas, tan inundadas que nos empujan al extremo del aislamiento. Nos destroza el hecho de que vemos como todos al rededor nuestro encuentran la felicidad, en una persona, en una victoria, en una taza de café, y también vemos como la felicidad nos elude, nos esquiva maníaca, como si fuera electricidad, y nosotros plástico, o vidrio. Y eso es. La felicidad es la electricidad del alma, aquello que le da poder, que le permite vivir. Y nosotros, los de vidrio, los de las almas como enormes ventanales que no esconden nada, rechazamos inadvertidamente a la felicidad, y nos vemos obligados a disfrutar del espectáculo de como todos los demás, aquellos cuyas almas son confusas, oscuras, absorben y acaparan la felicidad.
Entonces, devuelta al sufrimiento, devuelta al llanto eterno que desemboca en las lágrimas y en la ciudad, con sus invisibles colmillos limpiándonos de cualquier vestigio de energía. No hay opción. Inevitablemente somos pilas, reservas de energía para la que, innegablemente es nuestra madre.
Y ahí entramos nosotros. Los que notamos esto, y no podemos soportarlo mas. Los que no aguantamos ser drenados, violados tan efectivamente, y decidimos escapar. Pero como hacerlo, si al final, todas las ciudades son una, y todos los hombre uno. El un circuito cerrado, hermetizado, que nos atrapa como una cárcel invisible y universal. Pero eso es mentira. No es una cárcel, hay forma de escapar. Es un sacrificio aún mayor, aunque solo momentáneo. Es un rito ancestral, aunque completamente secular. Es ahí donde entran los callejones, el ruido mudo que llega desde lejos, la ropa trillada. Nos perdemos, deambulamos por las venas de nuestra madre hasta que se torna efímera, dispersa, simplificada. Hasta que sus mil particularidades se funden y simplifican en arquetipos.
En ese callejón algo sucede. Nuestra vida cambia de alguna manera, y ese suceso se fija como fotográficamente en la tela del universo, del otro universo. Nuestra situación, nuestro reciente sucedido se convierte en un arquetipo, una escena inmutable que sera repetida infinitas veces y con infinitas variaciones en los dominios de nuestra nueva madre, el Arte.
Penetramos en el plano de la ficción y ofrecemos nuestra vida a ella. Abandonamos la humanidad y nos convertimos en personajes, perdemos nuestros nombres, nuestras caras, nuestras identidades, y a cambio adoptamos miles, millones, incontables. Somos cada personaje que hace eco de nuestro arquetipo. Abandonamos la ciudad, y nos entregamos
Y así escapamos el ciclo, así perdemos nuestra individualidad, nuestra realidad. Dejamos de ser drenados, criados solo para el fin de una madre diabólica. Entramos en el plano de la pertenencia y nos convertimos en arte.
Es en ese preciso momento, en el que enciendo el cigarrillo que no pienso fumar (aunque coloco en mi boca), que eso que debía suceder, sucede. Y mis ojos, cegados por la luz de la infinita belleza de la situación, quedan tatuados para siempre con la imagen de lo que voy a ser.

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