A veces cierro los ojos y pienso que no estoy.
Pero no dura, es triste, pasajero, momentáneo, infinito en si mismo y segundos después deja de ser. Y abro los ojos.
El mundo esta manchado de grasa y sucio, los colores escapan a las formas. Son nubes violentas sobre figuras apenas definidas. Como cuando de chicos pintábamos sobre los dibujos, y el crayón rojo manchaba todo, fuera la camisa del señor o simplemente el aire, o el cuello.
Pero no es así, son solo mis anteojos, sucios por el antireflex, que con tal de no dejarme ciego me dan un mundo deforme y esfumado.
El piso y las paredes son blancos, igual que la luz. Toda de bajo consumo, tubos largos y de un brillo pobre, como sucio o gastado. Son todos pasillos largos y habitaciones chiquitas, con ventanas triangulares que dan a un sucio jardín publico.
Hay gritos. Y pasos apurados, que chillan como bichos chiquitos muriéndose rápido.
Cuando cierro los ojos voy a ahí. Es un solo pasillo largo, que se funde en una puerta doble, ancha, y alta. Tiene ventanas en cada una, y se puede ver al otro lado, pero es inútil, es igual, el mismo largo y frío pasillo, blanco, con piso blanco. A los costados hay puertas, que se abren seguido, pero eso no quiere decir nada, las mujeres, de blanco, van y vienen, llevando bandejas plateadas (cabezas encima sangre pelo marrón cuchillo bailando que linda que sos).
El pasillo pasa, camina el pasillo, y me quedo donde estoy, el suelo se me escapa y para no caerme, adelanto los pies, a mis costados pasan las puertas con números tan largos como oraciones. Tengo los pies cansado, y de dentro de los cuartos me llegan voces, versos, tranquilos cantos de dulce color. Dentro de los cuartos esta oscuro, gastado, con una tonalidad gris. En el centro de cada cuarto hay una persona, parada, mirando, con ojos vacíos y labios recitantes. En sus caras las arrugas forman caminos, mapas, sus cuerpos cubiertos de tela blanca, flacos, desgastados. Cuando paso frente a sus puertas, sus largos brazos se levantan y me llaman, y no son los brazos, ni las manos, ni los finos y huesudos dedos los que me agarran, sino sus secos labios, partidos en mil llagas verticales.
pablo pablo pablo me dicen, yo cierro los ojos y me guardo mis rezos. No, déjenme, déjenme irme, yo no tengo que ir con ustedes. Sus labios me llaman, pero sus ojos me odian, ellos me buscan a mi, ¿que quieren? mi cuerpo esta cansado, mis piernas frágiles y mi cara deformada por el dolor. Me tapo los ojos, pero los gritos todavía llegan. Y siento sobre mis palmas el frío, el agua, empiezo a correr, pero me tropiezo, el piso se hace de barro, de barro blanco y plástico, trato de levantarme, pero el barro me domina los brazos y las piernas, y cuando los levanto, como sogas, el barro me lo ata y me devuelve al suelo, tengo plástico liquido y sucio debajo de las uñas, trato de gritar, pero la boca también se llena de plástico, caliente y viscoso.
Y entonces veo los ejércitos que se aproximan, la gente sale de sus cuartos, y la música aumenta, sus pasos son lentos pero seguros. Las medias blancas se me paran enfrente, y la suave y maligna voz me dice "Los horarios de visitas ya acabaron" entonces se agacha y me arranca el corazón.
Y queda solo mi cuerpo ahí abajo, frío y solo, y ya no estoy
entonces los abro, y el mundo es una nube color de nuevo...
Unas palabras previas
Estoy sentado sobre las cansadas y grises hojas del otoño. Veo al niño y a su tigre correr entre los árboles. El tigre salta y enseña sus dientes. La sonrisa del niño mientras le destroza el estomago es inigualable. Un millón de pensamientos invaden mi cabeza y no se si son del niño o míos. Y no se si soy el niño o yo. Pero nunca seré el tigre.
20061118
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