Unas palabras previas

Estoy sentado sobre las cansadas y grises hojas del otoño. Veo al niño y a su tigre correr entre los árboles. El tigre salta y enseña sus dientes. La sonrisa del niño mientras le destroza el estomago es inigualable. Un millón de pensamientos invaden mi cabeza y no se si son del niño o míos. Y no se si soy el niño o yo. Pero nunca seré el tigre.

20061127

hoy fue un buen día, pasaron buenas cosas. Pequeñas victorias les dicen. Es como cuando te olvidas el buzo, pero termina haciendo calor, así que no lo necesitas.

En honor a que fue un buen día, no tengo ganas de escribir, porque además me duelen las manos, las tengo duras, y ya desde que deje de pintar parecen ser inútiles. Hace un mes que no pinto, el sótano esta lleno de bastidores inexistentes (si realmente le creemos a ese que dijo que no existe un bastidor hasta que le pintas algo arriba), y en las estanterías se amontonan los pomos y potes de distintos rojos. Hace mucho que los otros colores se secaron y ya no los puedo abrir, son estas manos que todavía me duelen.

Los platos están sucios, todavía en el coso ese donde se lavan los platos, desde que Sol se fue que nadie los lava. Entre plato y platos asoman pinceles viejos, y la porcelana o lo que sea de lo que están hechos los platos esta teñido de sangre ficticia.

La puerta del sótano esta cada ves mas pesada, el candado se me escapa de las manos y las llaves, frías y filosas me cortan las yemas de los dedos. La manija esta oxidándose, a pesar del uso, la siento rasposa y negra contra mi piel. Abrir la puerta es un logro incomparable, la pesada y rasposa puerta que tengo que empujar con todo mi cuerpo.

Desde la casa se filtran escuetos y temerosos, los primeros rayos de luz, y se me aparecen enfrente los escalones, cada uno mas distante que el otro, que el próximo, y mas distante cada ves. LOs pasos son lentos y pesados, como ciegos saltos al vacío.
Aunque pensándolo bien, no es así. Los saltos ciegos son desesperanzados. Ya no hay sentencia, no hay juicio y no es decidir, es simplemente dejarse llevar, es un haber que pasa.
En cambio, yo se que hay un escalón, pero también se que esos escalones desaparecen, se van, como simples amarillos en mareas de furia roja. Bajar un escalón es esperanza, es desear que el escalón este ahí abajo. Y siempre esta ese miedo, ese ultimo segundo en el aire, de, ¿y si no esta?

Pero siempre están, siempre están los escalones que indefectiblemente me llevan abajo. A mis cuadros, a mis pinturas, a mis momentos. Ayer volví a bajar, por anteúltima vez, y con mis débiles manos acomode todos los cuadros, mate los que sobraban.

Todos los paisajes, todos los momentos, todo lo abstracto, todo lo que no fuera retrato se fue. Es que esos son momentos, son pedazos de mi que regale al mundo, pero que nunca dejaron mi sótano, son mis deseos de que algo pase, que algo suceda, son momentos, como el cuerpo lo es. Pero momentos eternizados en imágenes, eternizados hasta que llego yo, con mi fuego redentor y mi caldera justiciera y por un día de este eterno invierno el frío deja mi cuerpo, aunque nunca sabré si fue el fuego, o todos esos momentos volviéndome. Solo se que fuese lo que fueses no fue suficiente para quitarme este frío dolor de las manos.

Lo que no pude recuperar fueron los retratos, es que no se si alguna vez fueron míos, o si siempre yo fui de ellos, su triste esclavo, su maría pecadora, su medio y su sirviente.

Ellos me llamaban, me pedían, imágenes muertas en el fondo de mis sueños huecos, caras que necesitaban existir, nunca de un modelo físico, presente. ¿"Real"?.

Y fue hace un mes más o menos, que el primero de ellos, me hablo. Una mujer de enormes ojos color roble, uno de mis primeros dueños. Buscando un color levante una sabana y allí estaba, aun joven como el primer día de hecha. Y las palabras fueron instantáneas, sus labios se movieron, pero no hubo sonido, y en el fondo de mi mente escuche las órdenes. Asustado, tropecé para atrás, y corrí hacia arriba. El trayecto en la escalera me agoto, y la tos volvió mucho mas fuerte que antes. La tos que aun me azota.

Pero cuando volví a bajar, no era solo la joven, sino los viejos, los científicos nunca nacidos. Los papas muertos antes de ser electos. Toda esa gente que nunca había existido me gritaba, me aturdía, y solo una frase, una pregunta se me limpiaba en el ruido insoportable "¿quien existe?".

Trate de no volver, pensé que cerrando la puerta las voces no me alcanzarían. Pero me engañaba, por debajo de la pesada puerta lo gritos susurrados me llegaron y de nuevo "¿quien existe?"

¿quien existe?

¿quien existe?

YO, YO EXISTO, NO ELLOS. Pero ellos no entienden, insisten en que ellos son la realidad. ¡Ellos! encerrados en sus magros pasteles, son personas mirando, en un museo, el cuadro de un pobre y viejo pintor, achacado por las enfermedades, solo en su oscuro sótano.

Hoy fue un buen día, un día de pequeñas victorias le dicen. Hoy fue un día de resoluciones, por fin de decidir. Me voy a levantar, y voy a ir hacia la puerta. Por última vez la voy a empujar hacia el vacío. De adentro la voy a cerrar, y voy a tirar la llave por abajo de la puerta, bien lejos, hasta donde sea que llegue. Y voy a pararme en mi sótano, y para siempre voy a contemplar los retratos, mis retratos, hasta que haya una realidad, hasta que definitivamente sean ellos o yo.

Y allí me voy a quedar, en mi sótano, rodeado de toda esa gente, por la que existo.


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Gracias a los que hicieron de este un buen día. A mis manos por dolerme, y a los que me ensañaron que la pintura si importa


Pal

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