Unas palabras previas

Estoy sentado sobre las cansadas y grises hojas del otoño. Veo al niño y a su tigre correr entre los árboles. El tigre salta y enseña sus dientes. La sonrisa del niño mientras le destroza el estomago es inigualable. Un millón de pensamientos invaden mi cabeza y no se si son del niño o míos. Y no se si soy el niño o yo. Pero nunca seré el tigre.

20080608

De como un montón de monedas y una media llevan a William Blake y la imagen del majestuoso Tigre- I de II



Aceptemos que con 53 monedas de 25 centavos no hacemos nada.

No quiero hacer la cuenta, pero estimando diría que son ¿cuanto? ¿13 pesos? Bueno digamos que si.

¡PERO!: Ahora, si agarramos las 53 monedas de 25 centavos y las metemos en una media, tenemos un arma. Oh si, ahora podemos salir a buscar malhechores con nuestra media de 13 pesos violentos. ¿No te imaginas? Así, caminando por calles inundadas de luz de neón solar, buscando al pelotudito este del cumpleaños; un pendejo hiperactivo con tendencia a decir mogoliqueadas y hacerse el poronga con: a) tu amiga que es a la vez b) la novia de tu amigo.

Entonces salís con tu media y lo ves, ahí carpetando, carpeteando por las dudas. Pero no, eso es la letra de una cumbia. Él está ahí parado con pelito de paja y buzo violeta, con pose de esperanza de actividad y con actitud de peniano recibido. Te agachas y te convertís es un tigre kafkiano, un tigre al que le prohíben las rayas (evento que, si tenemos suerte, relataremos con más detalle en el futuro). Tenés ahora largos y finos bigotes sabios, tenés ese dócil, majestuoso pelaje naranja y negro ilegal. Tus músculos son la fuerza viva de Dios integrándose (la verdadera encarnación no es la de Jesús, es la del tigre, ¿si en el tigre no está Dios, en donde está?) al mundo, calmos y llenos de muerte los músculos de tus inmensas patas hermosas de tigre se lanzan por florida. La vereda, con ese color y diagrama tan particular que tiene florida esa altura es tu sabana de facto. No hay nadie en florida, solo vos, tigre kafkiano hermoso, y tu presa idiota. Debemos remarcar, sin embargo, que tus tigros sentidos te permiten percibir la presencia de una extraña pareja que se para mirando una vidriera, llevan en los ojos anchas vendas rojas que les impiden la vista y la mujer le señala al hombre la belleza de las camperas de cuero; su hombre siente tener que diferir. Están allí por pura necesidad intertextual y por eso en un segundo desaparecen y dejan olor y gusto a danza en el aire.

Entonces vos, su divina tigrinidad, continuás avanzando por florida. Tu imbécil presa mira para todos lados y no te ve. Y no es que esté ciego, sino que su idiotez le impide ver nada más allá de sus patéticos deseos de tirar dardos vacuos por ahí. Tu nombre de tigre es sagrado y secreto, y entonces, sin nombre te aseguras de que aunque se decidiera a dejar de ser tan patético, no te podría ver. Que no se conozca tu nombre te hace invisible. Avanzas calmo y lleno de tensión, bañado de furia de caza y llegás a su lado. Necesitas que te vea, bah, no lo necesitas, pero sentís que no le podes poner una hermosa garra encima si no le avisas primero que estás ahí. Entonces rugís tu literario grito, cantan tus cuerdas una versión tigriana de la consagración de la primavera. El imbécil (el idiota es algo, un libro creo, pero no me acuerdo) trepida, se da cuenta de si mismo, sale de su cuerpo y puede ver sus límites, se entiende en su inevitable estupidez, y entonces te ve. Y se inicia la persecución.

Sería fútil, hollywoodense, e irresponsable de mi parte (irresponsable por el hecho de que no poseo las cualidades para narrar de forma interesante esto que pasa ahora, y no tengo porque someterlos a una demostración de wanna-be-literatura conscientemente mala (todo el resto es inconsciente mala, y por eso no se me puede echar en cara)) intentar la consecuente persecución, la delirante, suicida, destructiva carrera que sigue. Solo digamos que hay varios planos generales de florida, que permiten ver la vana corrida de tu enemigo. Hay también algunos bellos primeros planos de tu tigriana cara, con la sombra de un helecho proyectada sobre (esta oración está extrañamente mal). Ese helecho no esta en ningún lado en florida, pero lo ponemos por amor al cliché. Saltemos a la conclusión, que es, justamente un salto volcánico de tu naranja cuerpo embadurnado de gracia sobre la masa triste que es tu presa. Un zarpaso, una dentellada. Tu cuerpo tigriano sobre sus restos, tu hocico precioso ensangrentado y feliz.

Y dejás de ser tigre. Sos devuelta vos y en tu mano tenés una media con 53 monedas de 25 centavos bañada en sangre y órganos vitales del imbécil.

Y así descubrimos que con 53 monedas de 25 centavos hacemos bastante más de lo que creíamos. Incluso llegamos a ser el precioso tigre.

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